El hombre es un animal que necesita creer en algo siempre para justificar la existencia y la razón de ser y de servir de las cosas que no logra comprender con el solo hecho de razonar. Le teme a lo desconocido y se protege imaginando que existe un ser superior que siempre está presente y lo cuida de todo lo malo que podría ocurrirle.
Todos los seres humanos al venir al mundo entramos en un círculo social que envuelve dentro de él un conjunto de distintas culturas, costumbres y por qué no religiones.
Si todos nosotros realmente creyéramos en algo por convicción propia y no por formación familiar, amical o de cualquier otra índole, quizás las novelas de ficción relacionadas a las diferentes religiones, como lo son “El evangelio según Jesucristo” o “El código Da Vinci”, en las cuales exponen la vida de sus representados de manera sensacionalista, no tendrían el éxito rotundo que presentan en la actualidad. Porque hoy, sin duda, escribir acerca de las religiones, o darles un enfoque distinto, es un negocio que trae consigo muchos beneficios económicos.
Ahora, cuando mencionamos en un principio el temor a lo desconocido y el surgimiento de un ente protector, creador de todo y por lógica indiscutible con el poder de destruir lo creado, es decir, con la capacidad ineludible de cuidarnos y darnos esa seguridad que tanto añoramos, descuidamos un pequeñísimo detalle. ¿Qué sucedió cuando la razón del hombre empezó a evolucionar y empezó a descubrir nuevos acontecimientos que posteriormente se convertirían en ciencia y está a su vez siguió desarrollándose llegando al punto de descubrir mas cosas que iban negando sus supersticiones, creencias y/o mitos que, ellos mismos, crearon para justificar lo inexplicable?
La literatura que muestra una perspectiva distinta o una variedad de alguna historia o dogma de fe, hace que las personas duden de lo que en sus cerebros es cierto. Esto sucede porque en ella se presentan diferentes pruebas, hallazgos de la ciencia o simplemente fantasías del escritor que logra encaletar entre la información que está brindando. Y, como mencionamos al principio, a falta de una verdadera conciencia de la religión que practicamos, entra ese bichito que conocemos tanto y que en la actualidad puede incluso destruir familias. La duda.
Aunque esta palabra, simple, de dos sílabas, du – da, sea de tan corta duración a la hora de ser pronunciada, cuando es pensada y logra con su propia fuerza contaminar nuestras creencias, puede resultar realmente fatal y tirarse abajo las bases de una pirámide de grados y niveles de cercanía a Dios por la cual nos dejamos gobernar. Porque la duda es el peor enemigo de la fe. Por esto es que las religiones exigen creer sin pensar y todo lo inexplicable se convierte en dogma y todo intento de comprensión se convierte en un acto profano.
El párrafo anterior me ha traído a la mente un recuerdo. En alguna de mis aulas universitarias escuché, entre sueños, literalmente, que los gobiernos usaban a los medios de comunicación para darles, a sus pueblos, programas basura para lograr que las personas no vean sus actos y disipar los comentarios acerca de algún tema que no les convenía mostrar. También escuche que en la época de la colonia, a los nativos, en el Perú, no les daban acceso al conocimiento ni a los libros para que no desarrollen sus capacidades de discernimiento y sean más fáciles de gobernar. Y yo me pregunto: ¿Esta historia no se les hace conocida? La religión utiliza las teorías de la comunicación desde antes de haber conceptualizado siquiera la idea de un proceso comunicativo, eso sin duda es un mérito, pero ¿hasta qué punto las religiones te pueden ofrecer la libertad y hasta qué punto es malo que los escritores lucren utilizándolas de la misma manera en que ellas nos utilizan? Es decir, valiéndose del bichito que nos carcome el cerebro. La duda.
Todos los seres humanos al venir al mundo entramos en un círculo social que envuelve dentro de él un conjunto de distintas culturas, costumbres y por qué no religiones.
Si todos nosotros realmente creyéramos en algo por convicción propia y no por formación familiar, amical o de cualquier otra índole, quizás las novelas de ficción relacionadas a las diferentes religiones, como lo son “El evangelio según Jesucristo” o “El código Da Vinci”, en las cuales exponen la vida de sus representados de manera sensacionalista, no tendrían el éxito rotundo que presentan en la actualidad. Porque hoy, sin duda, escribir acerca de las religiones, o darles un enfoque distinto, es un negocio que trae consigo muchos beneficios económicos.
Ahora, cuando mencionamos en un principio el temor a lo desconocido y el surgimiento de un ente protector, creador de todo y por lógica indiscutible con el poder de destruir lo creado, es decir, con la capacidad ineludible de cuidarnos y darnos esa seguridad que tanto añoramos, descuidamos un pequeñísimo detalle. ¿Qué sucedió cuando la razón del hombre empezó a evolucionar y empezó a descubrir nuevos acontecimientos que posteriormente se convertirían en ciencia y está a su vez siguió desarrollándose llegando al punto de descubrir mas cosas que iban negando sus supersticiones, creencias y/o mitos que, ellos mismos, crearon para justificar lo inexplicable?
La literatura que muestra una perspectiva distinta o una variedad de alguna historia o dogma de fe, hace que las personas duden de lo que en sus cerebros es cierto. Esto sucede porque en ella se presentan diferentes pruebas, hallazgos de la ciencia o simplemente fantasías del escritor que logra encaletar entre la información que está brindando. Y, como mencionamos al principio, a falta de una verdadera conciencia de la religión que practicamos, entra ese bichito que conocemos tanto y que en la actualidad puede incluso destruir familias. La duda.
Aunque esta palabra, simple, de dos sílabas, du – da, sea de tan corta duración a la hora de ser pronunciada, cuando es pensada y logra con su propia fuerza contaminar nuestras creencias, puede resultar realmente fatal y tirarse abajo las bases de una pirámide de grados y niveles de cercanía a Dios por la cual nos dejamos gobernar. Porque la duda es el peor enemigo de la fe. Por esto es que las religiones exigen creer sin pensar y todo lo inexplicable se convierte en dogma y todo intento de comprensión se convierte en un acto profano.
El párrafo anterior me ha traído a la mente un recuerdo. En alguna de mis aulas universitarias escuché, entre sueños, literalmente, que los gobiernos usaban a los medios de comunicación para darles, a sus pueblos, programas basura para lograr que las personas no vean sus actos y disipar los comentarios acerca de algún tema que no les convenía mostrar. También escuche que en la época de la colonia, a los nativos, en el Perú, no les daban acceso al conocimiento ni a los libros para que no desarrollen sus capacidades de discernimiento y sean más fáciles de gobernar. Y yo me pregunto: ¿Esta historia no se les hace conocida? La religión utiliza las teorías de la comunicación desde antes de haber conceptualizado siquiera la idea de un proceso comunicativo, eso sin duda es un mérito, pero ¿hasta qué punto las religiones te pueden ofrecer la libertad y hasta qué punto es malo que los escritores lucren utilizándolas de la misma manera en que ellas nos utilizan? Es decir, valiéndose del bichito que nos carcome el cerebro. La duda.

